“Vale ya de decir “yo siempre
quise…”. Me producen una rabia indecible esas personas que creen que todos los
deseos y hechos que acontecieron en sus tristes vidas estaban prescritos para
que hoy sean lo que son. “Yo siempre quise…” ¿Jamás han cambiado de opinión? Lo
peor es que modifican los recuerdos de sus propios deseos para ajustarse a su
realidad. Hoy quiero ser biólogo y dentro de tres años querré ser economista,
¿diré entonces que desde niño quería ser economista? ¿Por qué? ¿Por qué solía
jugar con el monedero de mi madre?”
“Los deseos cambian, no son
lineales, se solapan, confunden, a veces se desvanecen para no volver, otras
retornan mudados, con una intensidad nueva. Odio a esas personas que quieren
dotar a sus deseos de un sentido lineal,
todo muy racionalizado en conjunto, para que den sentido a sus míseras vidas
presentes, incapaces de asumir que un día quisimos una cosa y la tuviéramos o
no, luego ya no la quisimos, sin razón.”
“¿Y qué me dices de esa sobrevaloración de las personas que se dedican
a lo que “siempre han querido ser” al cabo de años dedicados a otras cosas?
Este fenómeno se da sobre todo en las profesiones denominadas como artísticas.
Esto está plagado de modelos que siempre han querido ser diseñadoras, cantantes
que siempre han querido ser actrices, bailarinas que siempre han querido ser
pintoras. Y la gente infeliz les admira. Yo digo no, no, no… ¿Cuántas mujeres
no han querido ser fotógrafas? Tú misma. Y dime, ¿cuántas se formaron?,
¿cuántas se quedaron en el camino y cuántas llegaron a serlo? ¿Cuántas lo
fueron y cuántas quisieron dejar de serlo? ¿Cuántos deseos mudados, frustrados,
olvidados? Me gustaría exprimirles sus deseos pasados, enfrentarles a sus
propios argumentos de construcción de identidad, falacias que cuentan con total
despreocupación e impunidad en la Vogue, aplaudidos por símiles que aspiran a
tener tanto dinero y tanta cirugía en la cara para poder realizar “su sueño”. Yo
digo no, no, no… ”
“¿Y del amor? ¿Qué me dices del
amor? Una vida entera que te conduce a estar con una única persona, una
voluntad divina se cierne sobre nuestras cabezas y estés con quién estés todo
estaba predestinado para que fuese la persona de tú vida.”
Llegados a este punto doy un
golpe en la mesa. Las tazas tintinean. La gente de las mesas colindantes nos
mira asombrada. Repito el gesto, involuntariamente, muy excitado ya. La
camarera inmovilizada me mira extrañada. No, no, no. Me levanto torpemente de
la silla, la aparto de una patada hacia la cristalera de atrás, no llega a
impactar. Noto la violencia y el ridículo del momento. La gente espera que
argumente mi conducta. Tú, con la mirada me inquieres.
“Eras la mujer de mi vida. Sólo
eso: eras.”
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