La comida no se tira.
Pero esta señora no lo sabe, o su madre jamás se lo explicó. Así
que se ha levantado de la mesa con un pollo entero (en plato y mano) sin salsa alguna, asegurando y
perjurando que es especialista en pollos de este retaurante y que el
pollo sabía picante; como el que no admite opiniones ante un hecho irrefutable tras años de
investigación, porque es estudioso de un campo concreto de la física cuántica, que sé yo.
El caso es que al pollo no le pasaba nada, por supuesto; y se lo
hemos cambiado, por supuesto; y lo hemos tirado a la basura, por
supuesto.
Pero la comida no se
tira.
El pollo secundario le
ha parecido mejor. Un primo lejano del primer pollo, criado en la
misma granja, con días de vida de diferencia, minutos de muerte de
diferencia, acaso segundos. Pienso compartido y suelo lleno de
excrementos compartido. Las mismas manos que los han manipulado,
embalsamado en el mismo marinado y en la misma cuba gigante. Empaquetados por la misma máquina y conservados en la misma bolsa.
Transportados, ya muertos y juntos para la eternidad y cocinados al
fin en el mismo restaurante, por las mismas manos y en el mismo
grill (de esto último puedo dar fe).
Pero el segundo, a ella, le ha
parecido mejor.
Para dar muestra de ello cantaba y se contoneaba al
ritmo de la música (pongamos Bebe, Macaco o Muchachito Bombo
Infierno, la canción que en ese momento sonase) mientras engullía un
pollo casi idéntico al anterior, ahora reposando en la basura, junto
a restos de ensalada americana y arroz, huesos de otros pollos
engullidos con más o menos apetito: su futuro como pollo difunto
truncado al fin. Nadie se lo ha comido, lo han despreciado, una vida
de pollo de tres meses para eso, para nada... Cuando limpio los
platos de otros comensales me imagino hablando con el pollo, "A veces
pasa, no fue culpa de nadie, todo el mundo lo hizo bien, la cadena no
se rompió, simplemente la destinataria era imbécil" sin mirarle a
los ojos, porque hace muchas horas que no tiene cabeza, por tanto no
es un consuelo efectivo, los dos lo sabemos.
Yo he salido del
trabajo, sin comer, y tras un viaje infernal que no viene a cuento,
he entrado en una tienda y me he comprado dos bolsas de snaks. La
primera y conocidísima como Chetos, eran chetos. La segunda,
conocidísima por el hombre que me la ha cobrado, Monster Munch, contenía monstruos. Simplemente era una mezcla de harina de maíz y aceite de
girasol con diversas especias, entre ellas Curry. ¿Por qué? A
alguien se le ocurrió y debe funcionar, o acaso todas esas bolsas
deben acabar medio llenas en las basuras de la ciudad, pero la gente
con memoria selectiva y especialistas en snaks los sigue comprando
para hallar el auténtico sabor de Monster Munch que un día probaron, (el original me refiero, no al que probé yo…).
Pero como la comida no
se tira, a no ser que esté en
evidente proceso de descomposición, (que no caducada), guardaré
esta bolsa medio llena en el armario, hasta que un día la redescubra
pocha, pasada, incomible, y me contonee al rítmo de la música
pegadiza del restaurante sonando en mi cabeza, pongamos Jarabe de
Palo, y culmine un solo de guitarra pobre e imaginario dándole al
pedal del cubo de basura y arrojando los deshechos a su interior con
un salero innato, quién tuviera un espejo en ese momento.
Será una mala jugada
de la vida, emparentada para siempre con aquella mujer de esta
misma mañana, la perpetuación del absurdo, la injuria post mortem e
intactum a este pollo recientemente perdido entre nosotros.
Y así por los siglos
de los siglos. Amén.
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