viernes, 3 de enero de 2014

La comida no se tira.

La comida no se tira. Pero esta señora no lo sabe, o su madre jamás se lo explicó. Así que se ha levantado de la mesa con un pollo entero (en plato y mano) sin salsa alguna, asegurando y perjurando que es especialista en pollos de este retaurante y que el pollo sabía picante; como el que no admite opiniones ante un hecho irrefutable tras años de investigación, porque es estudioso de un campo concreto de la física cuántica, que sé yo. El caso es que al pollo no le pasaba nada, por supuesto; y se lo hemos cambiado, por supuesto; y lo hemos tirado a la basura, por supuesto.

Pero la comida no se tira.

El pollo secundario le ha parecido mejor. Un primo lejano del primer pollo, criado en la misma granja, con días de vida de diferencia, minutos de muerte de diferencia, acaso segundos. Pienso compartido y suelo lleno de excrementos compartido. Las mismas manos que los han manipulado, embalsamado en el mismo marinado y en la misma cuba gigante. Empaquetados por la misma máquina y conservados en la misma bolsa. Transportados, ya muertos y juntos para la eternidad y cocinados al fin en el mismo restaurante, por las mismas manos y en el mismo grill (de esto último puedo dar fe). 

Pero el segundo, a ella, le ha parecido mejor. 

Para dar muestra de ello cantaba y se contoneaba al ritmo de la música (pongamos Bebe, Macaco o Muchachito Bombo Infierno, la canción que en ese momento sonase) mientras engullía un pollo casi idéntico al anterior, ahora reposando en la basura, junto a restos de ensalada americana y arroz, huesos de otros pollos engullidos con más o menos apetito: su futuro como pollo difunto truncado al fin. Nadie se lo ha comido, lo han despreciado, una vida de pollo de tres meses para eso, para nada... Cuando limpio los platos de otros comensales me imagino hablando con el pollo, "A veces pasa, no fue culpa de nadie, todo el mundo lo hizo bien, la cadena no se rompió, simplemente la destinataria era imbécil" sin mirarle a los ojos, porque hace muchas horas que no tiene cabeza, por tanto no es un consuelo efectivo, los dos lo sabemos.

Yo he salido del trabajo, sin comer, y tras un viaje infernal que no viene a cuento, he entrado en una tienda y me he comprado dos bolsas de snaks. La primera y conocidísima como Chetos, eran chetos. La segunda, conocidísima por el hombre que me la ha cobrado, Monster Munch, contenía monstruos. Simplemente era una mezcla de harina de maíz y aceite de girasol con diversas especias, entre ellas Curry. ¿Por qué? A alguien se le ocurrió y debe funcionar, o acaso todas esas bolsas deben acabar medio llenas en las basuras de la ciudad, pero la gente con memoria selectiva y especialistas en snaks los sigue comprando para hallar el auténtico sabor de Monster Munch que un día probaron, (el original me refiero, no al que probé yo).

Pero como la comida no se tira, a no ser que esté en evidente proceso de descomposición, (que no caducada), guardaré esta bolsa medio llena en el armario, hasta que un día la redescubra pocha, pasada, incomible, y me contonee al rítmo de la música pegadiza del restaurante sonando en mi cabeza, pongamos Jarabe de Palo, y culmine un solo de guitarra pobre e imaginario dándole al pedal del cubo de basura y arrojando los deshechos a su interior con un salero innato, quién tuviera un espejo en ese momento.

Será una mala jugada de la vida, emparentada para siempre con aquella mujer de esta misma mañana, la perpetuación del absurdo, la injuria post mortem e intactum a este pollo recientemente perdido entre nosotros.

Y así por los siglos de los siglos. Amén.

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