Hace ahora un año. Los únicos momentos de gratitud se
producían en el balcón, cuando desayunaba o después de comer, al atardecer
sobre todo. Quizá más bien se producían fuera de él, pero ese lugar era
literalmente la ventana a la que asomarme a la realidad cercana, impune, injuzgable
al fin. Ante mi se desencadenaban anécdotas anodinas, trágicas la mayoría de
las veces.
Las palomas eran
bastante tontas. Se anidaban en un hueco lleno de excrementos propios a las
cinco de la tarde y no se movían de allí hasta la mañana siguiente. Estúpidas como eran, se quedaban rezagadas sin
moverse, aguantando los ladridos de los perros de la terraza de enfrente. Sólo
una se presentaba con voluntad. Sus patas hechas muñones y enferma, apenas
podía moverse. A las tres en punto la podías ver asomarse al techo de uralita
contiguo, así fue durante varios días. Asomaba su pequeña y asquerosa cabeza y
miraba hacia abajo. Viéndola así podías imaginar sus pensamientos y decirte ‘Ey,
está dudando, quizá quiere tirarse’. Pero no tirarse y volar, como haría
cualquier otra paloma, sino tirarse para acabar aplastada en el asfalto, o
probablemente en el parabrisas de un viejo coche. Entonces, tras varios
minutos, alguna mujer salía de un portal, toda de negro, con sus tacones
resonando en los adoquines, y la paloma reculaba hasta una posición en la que
no podías verla, ni saber ya lo que estaba pensando.
Yo miraba hacía el horizonte y comprendía a ese ser:
¿cuántas mañanas había observado lo mismo que yo en mis mañanas? Pues el horizonte, con su mar azul, estaba
indudablemente torcido.
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