Me maravilla la forma en la que algunas mujeres tienen comportamientos propios de otro lugar en el metro. Una mujer se peina, otra se lima las uñas. Una vez vi a una mujer joven, de pie, con el brazo derecho rodeando la barra metálica, pintándose a ciegas la raya del parpado superior, en movimiento. Otra, en verano, se cortaba las uñas de los pies, despojándose de parte de su material orgánico, piel muerta que limpiarán otras mujeres nocturnas en los vagones ya parados. Hace poco, sentada a mi lado, una mujer de mediana edad cerró su libro y sacó del bolso una pinza. Con el dedo índice estiró la piel de su labio superior derecho, tapó el resto con los demás dedos. La otra mano empezó a ejecutar tirones. Increíblemente sabedora del lugar que ocupaba cada vello, la pinza guiada por su mano experta acertaba a aprisionar y extraer uno a uno los pelos de apenas pocas micras de diámetro. Cuando se dio por satisfecha guardó el arma y siguió leyendo.
Constantemente hay mujeres en el metro que desubican
sus acciones aprendidas en el cuarto de baño. Constantemente desubico las
acciones aprendidas en mi intimidad. Algunas veces, cuando voy al baño y tiro
el papel higiénico después de mear, toco con el pulgar la base del dedo anular
asegurándome de que la alianza no ha desaparecido. Esa alianza que ahora ya no
está aquí, de esa relación que no es ya. Agarrada en el metro, a veces se
produce el gesto, ajeno a mí, que evidencia mi desubicación; y me siento como
esas mujeres, esas otras mujeres a las que observo ávidamente, maravillada por
su pequeña perturbación.
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